Obama Estremece Abuya, la Capital de Nigeria

Me encontraba en Abuya, la capital de Nigeria, cuando CNN anunció que Obama había ganado. Eran las siete de la mañana y, mientras la noticia se esparcía, la ciudad parecía revolotear de gozo.

Podía escuchar a la gente gritando el nombre de Obama en las calles. La gente que me identificaba como americano me saludaba y aplaudían a mis espaldas. Me contaron que ese día a muchos bebés nigerianos les pusieron el nombre de Obama.

En Kano, una cuidad musulmana en el norte del país, un lugar donde hay un resentimiento fuerte en contra de los Estados Unidos, los niños en las escuelas cantaban el nombre de Obama. En River State, un área muy pobre, en un precario centro de salud, colocaron sobre la puerta de entrada un rótulo que decía "Yes we can" (Sí podemos). En Lagos, los periódicos publicaron páginas completas felicitando a Obama por su victoria. Viendo canales de televisión africana y del Medio Oriente desde mi cuarto de hotel, pude ver la euforia que se esparcía por todos los países en vías en desarrollo.

Esta efusión no era únicamente porque un hombre de ascendencia africana había sido electo Presidente de los Estados Unidos. Algo mucho más profundo que eso estaba sucediendo.

De alguna manera esto me recordó una vez hace cuarenta y cinco años atrás, cuando, viajando por el mundo pidiendo con el dedo que alguien me llevara, vi la foto de John Kennedy siendo tratado como un ícono en chozas de adobe y techos de lámina a través de todo el planeta. Pero eso fue una especia de reverencia sumisa, de respeto por un nuevo líder, quien era joven y bien parecido, y a quien parecía importarle el mundo y todas las personas que habitaban en él.

Este sentimiento acerca de Obama, se parecía más a un relámpago, como un choque eléctrico que hacía posible lo imposible y en cuya luz ningún desafío estuvo más allá del alcance humano, incluyendo, en el mundo en vías de desarrollo, una lista aparentemente interminable de "imposibles", tales como terminar con las enfermedades infecciosas gastrointestinales y acabar con la corrupción que paraliza el progreso. Dos meses antes de su toma de posición, Barack Obama instantáneamente se convirtió en una llama de esperanza para países donde sus propios líderes no la brindan y que, la mayoría de ellos, nunca tendrán.

Yo me encontraba en Nigeria hablando y dirigiendo talleres sobre activismo cívico y resolución de problemas comunitarios. De repente la parte motivacional de mi trabajo se hizo muchísimo más fácil. La gente comprendía todos los obstáculos que Obama había superado y eso los alentó a creer que ellos también podían vencer los desafíos que enfrentan.

En las reuniones con líderes políticos y empresariales, la plática se dirigió más a las lecciones prácticas que podíamos sacar sobre la victoria de Obama. Sus estrategias a nivel local y su proeza de recaudación de fondos podrían ser aprendidas y aplicadas por los políticos nigerianos. Un grupo con el que me reuní durante una comida, ya estaban haciendo planes para lanzar la Presidencia de su candidata favorita, una mujer muy exitosa, cuya candidatura había parecido hasta ahora algo totalmente imposible.

Las actitudes nigerianas hacia los Estados Unidos parecían haber cambiado de la noche a la mañana. Ocho años de una política exterior americana, por todos vista como intimidante, egoísta y de una visión muy corta, por fin terminaría. El estereotipo de Estado Unidos, como inalterablemente racista había sido aplastado. Los nigerianos me dijeron una y otra vez que ellos querían y necesitaban una América que fuera luz para el progreso, y ahora esa llama se había vuelto a encender. América será América otra vez.

Por supuesto, estas expectativas son imposiblemente altas. Habrá decepción, pero no un colapso. No si el nuevo Presidente se mantiene firme en su visión y en los principios en los que se ha basado.

Sobre todo, el Presidente Obama deberá cambiar la actitud y el tono con el que los Estados Unidos ha tratado al resto del mundo durante los últimos ocho años. Deberá hacer esto rápidamente y estando claro de que bajo su liderazgo dependerá la seguridad de los Estado Unidos, no solo al resolver la oposición que existe entre nosotros y todos aquellos a quienes hemos dañado, sino también haciendo sociedades de cooperación y utilizando una diplomacia honesta y respetuosa para resolver los problemas. También deberá tener claro que el bienestar económico de los Estados Unidos dependerá del comercio y el desarrollo de políticas que también traigan prosperidad para otros, incluyendo a los países pobres.

Durante mi último día en Lagos visité uno de los barrios bajos más horribles que jamás haya visto. Los niños harapientos corrían para tocar mis manos americanas. Gritaban, "¡Hurra Obama!" y yo les respondía gritando lo mismo.

Estamos todos llenos de esperanza.

John Graham es el autor de "Stick Your Neck Out; A Street-smart Guide to Creating Change in Your Community and Beyond" (San Francisco: Berrett-Koehler, 2005) (Estira tu Cuello; Una guía de sabiduría callejera para crear el cambio en tu comunidad y más allá) y "Sit Down Young Stranger" (Langley: Packard Books, 2008) (Siéntate joven extraño). También es el Presidente de Giraffe Heroes Project www.giraffe.org (Proyecto Héroes Jirafa) y ex diplomático de los EEUU.